Cuando uno es escritor y se sienta frente a la pantalla de un ordenador, unos folios en blanco, cuartillas o una libreta, tiene que tener algo claro: abstraerse de todo lo que le rodea y centrarse únicamente, cuando trabaja, en lo que escribe y tratar cada personaje, cada escena como algo único que, en combinación con el resto, conformará el texto final.

Como creadores, tenemos que ofrecer la mayor verosimilitud en todo aquello que escribamos, aunque no estemos de acuerdo con algunos de los planteamientos, personajes, etc. Ahí está la capacidad creativa de un escritor: meterse en la piel de cada personaje, del entorno y en cada situación; sufriendo, soñando, odiando, enamorándose, siendo feliz, siendo cruel, la peor  o la mejor persona del mundo o la más degenerada.

Como escritores, debemos zambullirnos dentro de aquello que escribimos sin censurarnos, sin barreras. Tiene que ser así para dar credibilidad a lo que hacemos. De la misma manera, tenemos que tener la fuerza y la capacidad para separar ese trabajo de nuestra vida, de nuestro “yo” como persona. Al final, cada texto, es una creación literaria, sea más o menos realista, más o menos biográfica.

Cualquier texto que escribamos va a estar sujeto al elogio, la critica o el ataque de los lectores. Entonces… ¿Por qué coartarnos a la hora de escribir? ¿Acaso no estamos escribiendo algo literario? Si tú mismo renuncias a escribir lo que quieres y cómo quieres…, lo mejor es que no escribas porque buscas más la aceptación de lo que haces que plasmar, negro sobre blanco, lo que realmente deseas.

 

Paula 

 

Ondas, ondas, ondas… una detrás de la otra, constantes, rítmicas, producidas por el goteo lento, despacio, casi imperceptible, que se forma en el grifo de la bañera. Agua caliente hasta arriba del todo, rozando la linea que separa la cerámica de la cascada al suelo del baño.

Silencio a mi alrededor, mis oídos están cerrados a la entrada de cualquier sonido exterior. Sólo noto el calor del agua, demasiado caliente para que se enfríe enseguida. Mi cuerpo tiene un tono rosa y el vaho constante tapa cualquier reflejo de mi rostro, ya sea la ventana o el espejo.

Blanco y negro a mi alrededor. Las baldosas del suelo y las paredes crean formas geométricas. Hay ligeras vetas en ellas, lo que hace que no sean colores puros. Me gusta observarlas. Si te concentras en ellas, aparecen formas de animales extraños, casi monstruosos, caras y otros dibujos.

Miro el agua, cristalina y, bajo su humedad, mis rodillas recogidas y los dedos de mis pies quietos, pequeños. El mentón sobre las las manos y estas sobre las las rodillas. El pelo húmedo.

Mientras la bañera se llenaba de agua caliente me tumbé en el fondo y jugaba a aguantar la respiración o a intentar respirar y tragar todo el agua que pudiera hasta que me fuera imposible controlar mi propio cuerpo y acabar con esto.

No quiero salir de aquí. He cerrado la puerta por dentro y, esta, es de calidad. Ni una patada ni dos, ni tres la van a echar abajo. Se que es algo temporal y que pronto giraré el mecanismo para abrirla, pero no es el momento todavía. Aun no.

Tengo algunas marcas en la piel desnuda. Imagino que, más pronto que tarde, saldrán moratones que serán muy difíciles de explicar. Me encanta el agua caliente. Hace unos minutos se mezclaba con el agua de mis lágrimas, que resbalaron por mi cuerpo hasta mezclarse con ella.

Vuelvo a mirar el agua. Ha cambiado de color. Un ligero tono rojizo aparece y sé yo soy el origen. Levanto el tapón de la bañera y dejo que se vacíe. Me duele abajo. Dejo que los minutos pasen y, cuando no queda rastro del agua roja, vuelvo a abrir el grifo, dejo que corra un poco y se lleve los restos de mi cuerpo. Vuelvo a poner el tapón. El contraste frío-calor me estremece pero soporto la temperatura que sale y que, humeante, forma un vaho que me vuelve a envolver y, durante unos segundos, desaparezco, soy casi invisible.

Esta vez me tumbo en la bañera, dejando que la única parte de mi cuerpo que esté fuera del agua sea mi cara. Necesito silencio y por eso ahuyento los sonidos e imágenes hundiendo mis oídos.

Noto vibraciones que me alteran. Levanto la cabeza tranquila y miro hacia la puerta. Llaman.

— ¿Paula? ¿Paula? ¿Estás bien? Sal y hablamos.

— Acabo de llamar a la policía, papá.

Pausa. Pasos. La puerta de casa se abre y se cierra. Silencio.

Vuelvo a esconder mi cara en el agua.

Unos minutos después un estruendo. Se acercan muchos pasos a la puerta. Llaman apremiantes unas manos y hablan.

¿Paula?

— Sí.

Ahora escucho un voz de mujer.

— ¿Estás bien?

— No.

— Puedes abrirnos.

— ¿Está mi padre?

— No.

— Vale.

Me levanto tranquila, dejando que escurra parte del agua. Salgo de la bañera y giro el cierre. Espero.

Entra una mujer vestida muy raro. Me mira y le grita a alguien que está fuera.

— ¡Una manta! Tranquila Paula, soy Rosa. No te preocupes.

Toma la manta que le pasan por la puerta y me rodea con ella. Me atrae y me abraza. Me toma en brazos y me levanta. Está llorando. Fuera hay otras personas como Rosa, que me miran tranquilos serios y, algunos, con una expresión de tristeza. Rosa no me suelta, me protege y salgo de allí para siempre.

 

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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