El río

 

Me acerqué al rió pensando que mi viaje había terminado, que el camino andado me había cambiado, que era diferente, que mi yo se había transformado en algo nuevo, como si me hubiera iluminado… Nada más lejos de la realidad.

El camino andado, hasta que mis pies se introdujeron en las aguas del río sagrado, fue sólo una manera de soltar lastre. Todo lo que pesaba se fue yendo poco a poco, como el sudor se evapora gota a gota, como se lo llevó la lluvia cada vez que mojaba mi piel cansada, pesada. Y noté, paso a paso, que me sentía más ligero, menos aturdido. Cada metro avanzado hacía que los ruidos de mi cabeza, las imágenes cotidianas de la ciudad, los problemas, lo negativo, se fuera difuminando como un sueño irreal hasta que no hubo más sonidos que los de mis pasos y luego de eso, ni siquiera los pasos. Sólo lo que a mi alrededor estaba era mi realidad, los sonidos mi única música y toda concepción temporal desapareció, a excepción del día y de la noche.

Avanzar se convirtió en un concepto relativo… ¿Avanzar hacia dónde? ¿De qué forma? ¿Para qué? ¿Por qué? Y entonces me detuve durante mucho tiempo… Tiempo… realmente no sé cuánto pudo ser. Pero no sentí desasosiego. Supe de manera consciente que me vaciaba y, al mismo tiempo,  que algo ocupaba ese hueco y que sólo se podía describir como una “sensación”. Fue entonces cuando mi cuerpo vacío pidió continuar el camino y así lo hice, notando la extrañeza de descubrir que todo a mi alrededor había cambiado.

Me dejé guiar por la necesidad de seguir y detenerme en función del lenguaje corporal, de mi sensibilidad, etc., por lo que mi viaje se alargó mucho más de lo que pensé que pudiera ser posible. Hasta que llegué, como dije, al río sagrado. Al sumergir mis pies y notar el agua en mi piel, mientras el sol se desangraba frente a mí y el calor me lamía cada centímetro, me di cuenta que el verdadero cambio acababa de suceder.

No importaba el camino realizado porque era un camino de desprendimiento de mí mismo. Lo importante era ese momento y lo que hiciera a partir de ese momento. El verdadero cambio empezaba en ese punto en el que me hallaba y empezaba por dejar que el último peso se lo llevara la corriente. Sonreí, avancé y me sumergí en aquellas aguas, realizando abluciones creadas con mis manos, sin más religión que la que mi cuerpo me pedía. Nunca he sido religioso, pero en ese momento noté que hay algo más allá que nos une a todos con hilos de amor verdadero.

El verdadero cambio, como he dicho, comenzó en ese punto y continúa cada día.

© 27 Infinitos

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