Uno de los recursos más utilizados por un escritor es el de describir y narrar un pequeño instante, un momento, que el considera relevante. De esa forma consigue que el tiempo se detenga y atrape al lector.

Lo importante, además de lo que se escribe, es la forma de hacerlo y la capacidad de conectar con el lector. Tiene que hacer que lo que se escribe sea creíble, porque sino se pierde la atención y el texto pasa a ser algo irrelevante y se convierten únicamente en unas frases de relleno, haciendo que la intención del autor desaparezca.

 

La misión espacial

 

Durante un instante fuimos astronautas. Cuando salimos de la atmósfera pudimos liberarnos de los cinturones de seguridad y sentimos por primera vez qué era la ingravidez. La imposibilidad de estar quietos en un mismo punto era increíble. Nuestro cuerpo aprovechaba el contacto con las paredes de la nave para impulsarse y seguir flotando, girando y chocar con los compañeros. Normal, el espacio es pequeño en nuestra nave.

Lo extraño era la claridad exterior. Además de las estrellas, había unas líneas amarillas que serpenteaban a lo lejos, que identifiqué con la red eléctrica de la superficie de la tierra. Seguíamos girando y moviéndonos. Por mucho que te lo expliquen, la sensación es indescriptible. Algunos elementos que llevábamos en la nave se mantenían en el aire sin caer también y pasaban ante nuestros ojos, como saludando, lo que nos hacía ser conscientes de lo único de aquel momento.

Había ligeras turbulencias — qué extraño en el espacio — que provocaban alguna sacudida que otra en el módulo lunar, imagino que por la cercanía todavía con la tierra. Mi cuerpo se acercó a una de las ventanillas.

Algo se acercaba hacia nosotros. Seguramente se trataba del satélite que debíamos reparar, pero su velocidad era mayor de lo que debía. Avisé a los compañeros con gestos y estos me miraban extrañados, pero no me hablaban.

Fue entonces que note su cara demudada y, al volver a mirar el satélite, noté que iba muy rápido y que, de seguir así, no se acoplaría, chocaría con nuestra nave. Tenía que hacer algo. Entonces todo se precipitó. Los cinturones no se enganchaban y tuve que seguir flotando frente al panel de control. Todo estaba en rojo, no funcionaba ninguno de los botones. Todo se estaba complicando demasiado.

Lo único positivo es que todavía no me había quitado el casco del traje, como los demás y no había problemas de falta de oxígeno por ahora. El satélite seguía acercándose endiabladamente rápido. Intenté tomar los mandos y dirigir la nave en modo manual, pero nada respondía. El choque era inminente. La comunicación con el centro de control imposible, nada, silencio.

El sonido del choque fue ensordecedor. Las placas exteriores reventaron, cualquier tipo de protección con el exterior desapareció, todo se volvió un caos, Sali despedido del módulo, mi casco tenía una brecha, era el final de la misión. Sabía que podía pasar, pero siempre creí que no sucedería.

Y entonces la película de su vida rebobinó al instante anterior a convertirse en astronauta y el espacio se convirtió en la carretera, la nave espacial en un coche, los compañeros de vuelo sus padres, el satélite otro vehículo que iba demasiado deprisa, ingobernable, y el choque fue imposible de evitar. Varias vueltas de campana mientras se deshacía. Nadie quedó con vida aquella noche. Lo único hermoso fue el brillo de las estrellas y la luz amarillenta de las farolas.

Todo se transformó en una infinita oscuridad, en un inaudible silencio.

© 27 Infinitos

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