Soy de los que creen que abusamos de las palabras muchas veces, de los que siente que muchos autores se hacen apuestas a sí mismos para ver si son capaces de escribir más cantidad de nada, lo que hace que muchas páginas de un libro las pasemos casi por encima.

Puede ser un poco simple, pero la frase popular que dice aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno“, se puede aplicar muchas veces a autores desconocidos y a muchos de los superventas.

No estoy diciendo que los libros con un gran número de paginas tengan mucho relleno y muy poco contenido, ni mucho menos. Lo que quiero decir es que se ha instalado en el inconsciente colectivo que, a mayor número de páginas de un libro más interesante o mejor es y eso es un error.

Podemos encontrar la belleza de la literatura en libros muy extensos y también en los microrelatos, textos breves, etc. El número de palabras no tiene nada que ver con la calidad del texto. La calidad está en cómo usemos las palabras y nuestra capacidad para transmitir con las mismas.

Defiendo a muerte que un escritor escriba doscientas mil paginas en su sólo libro, siempre y cuando busque decir algo con ellas y vivecersa; no escribir palabra tras palabra sin más. En ocasiones me choca escuchar que tal escritor va a hacer una trilogía sobre tal tema o sobre un hecho, o lo que sea. Yo me digo: ¿y si sólo da para un libro o una cuartilla? ¿No será que quieren estirarlo sin necesidad para vender más o crear una expectativa que no existe?

En fin, lo escrito. Os dejo un texto breve.

Cerró la puerta al salir

Cerró la puerta al salir y comenzó a andar. No bien hubo caminado unos pasos, se detuvo para ver la casa que dejaba atrás y prosiguió su camino.

La tarde era cálida y la suave brisa movía las hojas de la hierba, convirtiéndolas en bailarinas al son de la música interpretada por las copas de los árboles, el agua del manantial fluia y las voces lejanas de las risas de los niños se mezclaba con el aire.

Se fue por el camino del pueblo donde había nacido, en el que se crió y en el que ya no le quedaba nada más que hacer.

Andar, andar, avanzar…, era lo que sentía que debía hacer desde hacía mucho tiempo. Contemplar los valles y montañas desde cerca, conocer la ciudad y perderse en ella, aunque no fuera lo que esperara. La decisión la tomó ese mismo día, mientras comía. Sintió que no ya no debía esperar más y, tras preparar una pequeña mochila y guardarse el dinero ahorrado desde hacia tiempo, se marchó.

Los primeros kilómetros fueron los más duros porque su cuerpo quería volver a la seguridad del hogar, pero su mente estaba tan lejos de allí que no había una lucha interior, aunque sí algo de tristeza.

Y así pasaron los kilómetros y los días, los paisajes, el calor, la lluvia y el frío, pero no se detuvo. Todo era nuevo para él y cuanto más veía y sentía, más quería ver y sentir.

© 27 Infinitos

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