La mochila que guarda la merienda del niño está a su lado. Observa cómo los niños se divierten en el parque. Suben y bajan con movimientos que parecen irreales, imposibles y, en ocasiones, le cuesta no levantarse del banco, creyendo que se van a caer o romper algo.

Hay otras madres cerca de ella, conversando. Ella prefiere estar aparte, tranquila; siempre ha sido así. Vale que hoy es un día especial y que debería mantener la calma, pero no es capaz. Este parque le gusta porque tiene muchos espacios para que los pequeños practiquen diferentes juegos, hay zonas de sombra con árboles, algo que se agradece estos días de calor.

De fondo escucha el sonido de las risas, de las riñas, de los juegos con muñecas y castillos y alguna que otra pelea. Mientras pasa el tiempo y el sol va cayendo tranquilo, y variando la tonalidad del amarillo, recuerda cuando Gabriel nació. No lo habían planeado, pero les hizo tan feliz el conocer que ella estaba embarazada que, desde el primer momento, se ocuparon y preocuparon de crear un espacio para el pequeño que venía en camino, asentaron su relación y crearon un universo propio de caricias, gestos y amor entre ellos y también hacia la barriga que iba creciendo poco a poco.

Poder compartir con él la experiencia del nacimiento fue la culminación de ese amor ,que fueron forjando lentamente durante los nueve meses anteriores y que sigue hoy día.

Abrió la mochila y bebió un poco de la botella de agua que ya estaba abierta. La sensación de frescor en la garganta es algo que le gustaba. Miro la hora; ya eran las seis de la tarde. En poco tiempo aparecería Ángel. Los niños no tienen sensación de cansancio. Una y otra vez pueden repetir el columpiarse, bajar el tobogán, escalar por las cuerdas, etc., sin que salga de sus boca las palabras : no puedo más.

Ella observaba como alguna madre llama a su pequeño, que en principio no hace caso y que luego se mueve a regañadientes, como si le hubieran colocado un saco de cincuenta kilos sobre los hombros o como si le hubiesen rellenado de plomo los zapatos. Y lo más curioso es que es en ese momento cuando se acuerdan que tienen sed o que no han merendado, ante el suspiro de la madre y el otra vez con lo mismo.

Es curioso el tiempo, que lo transforma todo sin darnos cuenta, piensa ella. Un niño, por ejemplo. Somos conscientes de que crece no porque lo notemos nosotras sino cuando lo vemos en brazos de otra persona. Ahí es cuando sentimos que ya no es el que salió de nuestra barriga y que ya es un niño que se hace independiente. Curioso. Pero te das cuenta también de que tu ya no eres la misma y el tiempo pasa también para ti y puede que eso te preocupe más.

Otras madres están recogiendo a sus pequeños, cae la tarde y se nota en la claridad. Hay más sombra y el sol se va escondiendo tras los edificios cercanos. Sigue escuchando las risas de los niños, los que no quieren marchar. Escucha a otras madres que están haciendo un poco más de tiempo, como ella. Sigue observando y esperando. Ángel está a punto de llegar.

Al final, las madres que quedaban se levantan, llaman a sus hijos y se van, sin más. Todo queda vacío menos su presencia en un parque en silencio, solo roto por la brisa que mueve las ramas de los árboles y le susurra al oído que no se preocupe, que esté tranquila.

Escucha unos pasos que se acercan por sus derecha. Gira la cabeza hacia ellos y sonríe un poco forzada. Es Ángel.

— Hola, cariño. ¿Llevas mucho tiempo sola?

— No, cielo. Acaban de marcharse las últimas madres.

— ¿Estás bien?

— No, ya lo sabes. ¿Y tú?

— Tampoco. ¿Vamos?

— Sí, pero necesito que me abraces y que me digas que todo va a ir bien.

— Todo va a ir bien.

Se abrazaron en silencio, rodeados de la cálida brisa.

— Cariño, vamos. Gabriel subirá a planta ahora y, si no nos ve cuando despierte, se asustará.

— No es justo.

— Lo sé. A veces la vida es una mierda. Pero ahora no podemos hacer otra cosa que ser fuertes por él.

—Y si…

—No digas nada. Ni lo pienses. Te quiero.

—Y yo a ti.

Se levantaron y marcharon tranquilos al hospital, de la mano, pegados. Se iba haciendo de noche y el parque quedó vacío.

© 27 Infinitos

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