Me despierto. La ligera luz que viene de la ventana todavía es artificial, azul. La habitación en penumbra y las formas se insinúan a medida que mis ojos se adaptan a esa leve oscuridad. Ella está dormida a mi lado, frente a mí. Me gusta descubrir su desnudez entre las sombras, sus curvas que aparecen y desaparecen entre los matices de claridad azul.

Ni siquiera pienso en lo que hubo antes. Mi mente centrada en ella, en los tonos que descubro en su cuerpo y que recorrieron mis dedos hace unos instantes. Ahora que está sobre mi cama, tranquila, quieta, casi como si la hubieran pintado sobre un lienzo, la puedo sentir moverse en mi pensamiento, pegada a mi como si fuera una danza muda en la que las palabras sobran y el lenguaje parte y acaba en el tacto.

Aquí y ahora el tiempo no existe. Todo se mide con la luz azul que atraviesa un cristal transparente y que se pierde en los diferentes rincones de la habitación creando sombras que recuerdan caras, formas y monstruos…, o sólo hace volar la imaginación cuando estamos desvelados en una noche cerrada.

El olor dulce del sudor de ella impregna cada metro cuadrado y me llega el recuerdo de su respiración, del sabor de cada gota en mi boca, de sus labios. Así, me llega de nuevo el recuerdo del ritmo de sus caderas y las caricias de sus manos, de la marca de las uñas y el gemido ahogado del placer de estar con quien deseas en el momento adecuado. El corazón a ritmo del movimiento y de los sentimientos, acelerado y tranquilo, apasionado y expectante.

Ahora, rodeado de casi un completo silencio, roto por la respiración suave de nuestros cuerpos, todo está quieto y la observo tranquilo. Recorro su pelo, que cae ligero sobre su cuerpo, rozando su piel, y la veo como la primera vez, pero sin ropa. Su desnudez es más bella ahora, porque puedo quedarme con los detalles y son estos, con sus asimetrías y realidades, los que la hacen única, hermosa.

Noto una sonrisa de placer en mi rostro al descubrirla tal cual es, sin capas, sin misterios, sin nada más que ella misma. Y es en es mismo instante en que la miro que ella abre los ojos, imagino tras sentirse observada en sueños. Hay un brillo especial en su mirada, diferente, casi estrellado y sé que en ellos está el azul de sus ojos, como la luz que ilumina el cuarto. Esos ojos me observan directamente, sin palabras, sin miedo, sin sobresalto, tranquilos. Se achican un poco, como si estuvieran escrutando mis pensamientos, leyendo lo que imagina y piensa mi mente y me sonríe.

Se yergue hasta sentarse en la cama. Su mano toma la mía, que pone sobre su mejilla y besa con sus labios. Yo acaricio su rostro. Se vuelve a tumbar a mi lado, con su espalda sobre mi pecho y mi brazo rodeando su cuerpo, con los dedos de la mano entrelazados con los suyos.

La habitación sigue a oscuras, azul como sus ojos, cálida y tranquila, mientras pasa el tiempo.

© 27 Infinitos

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