Hay un momento, en la vida de cada uno de nosotros, en la que tenemos que dar un paso definitivo, en la que el camino que recorremos deja de tener sentido y sentimos que es hora de desviarnos definitivamente del mismo. ¿Hay que dejar todo atrás? En ocasiones no queda más remedio. Aquí os dejo un nuevo texto literario.

MIKE

 

Mike era el típico vaquero de pueblo americano. Vivía en una de esas localidades medianas que crece poco a poco y en las que, todavía, todos se conocen, aunque sea de vista. Era una persona normal. Quizá destacaba un poco su piel, un poco más blanca de lo acostumbrado, pero su pelo moreno y su forma de vestir: camisa de cuadros vaqueros, botas de cuero de punta y sombrero de cowboy, hacía que no se diferenciará de cualquier otro joven del lugar.

Seamos sinceros. Si había algo diferente en él era su cultura. Desde pequeño devoraba libro tras libro y era un buen hijo. El problema fue que tuvo que aprender a ocultarlo pronto. Lo malo de vivir en el pueblo es que, si te toman de ojeriza, date por jorobado y con él fue lo que pasó.

El colegio fue el primer asalto. Will era el líder de la clase, el guapo y tenía que ir a por alguien para asentar su poder. Y ese fue Mike. Esta etapa fue la de arrinconar, ignorar, empujar, la de algunos insultos, amargarle la comida y que nadie contara con él. Lo pasó mal, pero los libros eran una válvula de escape y sus padres, que algo intuían, lo apoyaban y se quejaban al director, consiguiendo lo contrario de lo que buscaban. Todo se reducía a “son cosas de chicos” y más presión de Will hacia Mike. Aun así, él agradecía lo que hacían, aunque no solucionarán nada.

El segundo asalto fue el peor. En el Instituto la cosa se descontroló. Mike seguía siendo el mismo, pero Will se convirtió en un gilipollas matón, con alma de líder, más guaperas que nunca y un tipo al que le gustaba joder al que le apetecía. Mike estaba entre sus favoritos. Esta vez prefirió no decir nada a sus padres y aguantó cada burla, cada golpe, cada escupitajo y cada insulto. Las marcas físicas no importaban, pero las emocionales sí le tocaron dentro durante aquellos años. Los libros seguían siendo su vía de escape, pero cada mañana era un suplicio por lo que le esperaba y por tener que mentir a sus padres.

Al terminar el instituto todo se calmó. Fue como si nada de aquello hubiera existido y un suspiro y soplido profundo hubieran hecho que la tormenta se hubiera ido muy, muy lejos. Lo único malo fue que Mike seguían teniendo una ligera angustia interior, que hacía que fuera un poco… inseguro consigo mismo y con lo que quería hacer y, sobre todo, era incapaz de darse a valer. Era como si una parte de él quisiera dar el paso adelante y la otra tuviera miedo o no tuviera el arranque para hacerlo.

Al poco tiempo no tuvo opción. Un puto accidente, por culpa de una noche de lluvia y carretera mojada, le arrebató a sus padres y aquello fue un mazazo, por la pérdida y para lo que él quería, que era marcharse de aquel pueblo e ir a la universidad. No le quedó más remedio que renunciar y adaptarse. El poco dinero que tenía y el que le quedó del seguro le dieron un poco de tiempo. Encontró trabajo en el pueblo, se adaptó a su ritmo y las relaciones con los demás habitantes y siguió su vida. De vez en cuando seguía viendo a Will, que lo miraba en la distancia con la misma mirada del Instituto, como si estuviera esperando el momento de volver a joderlo.

Un tiempo después conoció a una chica, una buena chica, como diría su madre. La relación iba bien, pero había algo dentro de él que no acaba de encajar. Igual era cosa suya y de su inseguridad. Ella, al poco tiempo, se fue a vivir a su casa y parecía que Mike era feliz de verdad. Se había adaptado, tenía trabajo, sus libros seguían siendo importantes en su vida y tenía una mujer a su lado a la que… ¿Quería? Creía que sí.

Un día todo cambió. Fue muy sutil, pero no se le escapó a Mike: una ligera marca en la piel de su novia cuando volvió a casa. Sí le dio importancia, pero no dijo nada. A partir de ahí fueron pequeñas cosas que se fueron acumulando, aunque ella intentaba ocultarlo: besos menos apasionados, ligeros retrasos en los horarios, algunas salidas de más con sus amigas de costumbre… Sabía perfectamente lo que pasaba, pero seguía sin decir nada.

El pueblo era demasiado pequeño y una noche de esas, de salida con sus amigas, él también salió, más tarde que ella. Fue al local donde la mayoría de la gente del pueblo iba. ¡Hay que ser imbécil para hacerlo! No entró. Sólo vio a través del cristal de una de las ventanas. Allí estaba ella con sus amigas y, ¡vaya!, con Will, dejándose rozar, magrear un poco y besar demasiado. Mike pensó: Gracias Will. Era lo último que querías demostrar: que te podías follar a mi novia. Vale.

Cuando volvió a casa no se sentía igual y se dio cuenta de que estaba anclado en una vida que no era la suya, que no quería y que ya no tenía nada a lo que aferrarse. Una semana después se precipitó todo. Ella se fue trabajar como siempre, a primera hora. Sin que ella lo supiera, se había matriculado muy lejos de allí para estudiar en la Universidad, lo que había querido toda su vida, y se había alquilado un piso en la misma ciudad. La noche anterior había preparado cuatro cajas con sus recuerdos y fotos de sus padres, nada más.

Una hora más tarde llegaron los nuevos dueños de la casa. Sí, la había vendido a través de una inmobiliaria ajena al pueblo y, rápidamente, la quisieron: un pueblo tranquilo, casa muy bien cuidada, un buen terreno grande alrededor… Ideal para una familia a la que le gustara la tranquilidad y vivir rodeada de paisajes hermosos. En cuanto llegó la familia, con el de la inmobiliaria, acabaron de arreglar los papeles. El dinero ya había sido ingresado en una cuenta puente y, en cuanto firmaron, el hombre de la inmobiliaria llamó para que ingresaran el dinero en la cuenta del Mike. Así era como lo había querido él.

En cuanto le dio las llaves a la familia ya no miró atrás. Ya no era su casa. Subió a la camioneta las cajas y otras más con las cosas de ella. Antes de cruzar el pueblo paró en el bar. Estaba lleno de gente. Will estaba con sus colegas. Ni lo pensó. Se acercó de frente. Will lo vio y lo esperó como si no pasara nada. El problema era que, además de la lectura, a Mike le gustaba hacer deporte como forma de cuidar su cuerpo y también, al mismo tiempo, expulsar la ira de su mente y, aunque los demás lo pensaran, no era imbécil. Will se dirigió a él.

— Hola, Mike.

Ni respondió. El puñetazo que le dio no lo esperaba nadie. Le reventó la cara y cayó a plomo. Todos se quedaron inmóviles sin saber qué decir o hacer. Ese puñetazo liberó a Mike de todo el dolor que ocultaba dentro, de todo el miedo que había en su interior desde el colegio y notó que todo aquello que guardaba se iba de su cuerpo y le produjo un temblor, una sacudida, un escalofrío. Miró a Will, que  seguía en el suelo, pero parecía que se iba despertando, medio atontado por el golpe.

— Hola, Will. Te doy las gracias por follarte a mi novia. Por una vez, has hecho algo que merece la pena.

Se dio la vuelta y se fue, ante la mirada atónita de todos. Al llegar a la camioneta tiró las cajas de ella frente al local, se subió al asiento del conductor, giró la llave, arrancó y dejó atrás el pueblo. Al llegar al cruce de la carretera se detuvo. Se quitó el sombrero y lo tiró. Metió primera y se fue para siempre.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s