Hay un momento en la vida en la que dejamos de ver a un padre como “papá” y nos damos cuenta que es alguien que puede ensañarnos mucho de lo que sabemos y de lo desconocido. Es posible que no todos sean así, pero me gusta creer lo contrario. Daniel vive una aventura que le va a transformar interiormente y la mirada de sus ojos, hacia ese padre que siempre está a su lado, cambiará para siempre.

Te invito a que viajes junto a Daniel y descubras algo que, a lo mejor, tú también has vivido, aunque sea de otro modo y en otro escenario. Vuelve a mirar con la mirada inocente de un niño y de una niña que no tienen ningún tipo de prejuicio a soñar y a crecer.

 

El viaje de Daniel

 

Daniel salió de casa con su padre. Se había levantado muy temprano, antes de las primeras luces de la mañana. Se tomó su vaso de leche caliente con Cola-cao y, cuando vio a su padre aparecer con la mochila, señal de que se había levantado antes que él, corrió a su cuarto a recoger la suya, que había preparado antes de acostarse.

Llegaron al bosque rápido porque no vivían demasiado lejos de él, pero era la primera vez que iba. Además, su padre le dijo que le enseñaría algo importante.

Después de dejar el coche aparcado e iniciar la excursión, llegaron al comienzo de un camino. Daniel estaba nervioso por la emoción. Comenzó a andar, marcando un ritmo muy rápido. Su padre le decía que fuera un poco más despacio, pero él no hacía caso. Volvió a insistirle, pero él solo andaba deprisa, pensando que aquello importante que su padre quería enseñarle estaba al final del camino.

Al rato de caminar se paró un momento porque tenía sed. Bebió de la cantimplora y fue en ese momento en que se dio cuenta que estaba sudando, un poco cansado, pero contento de disfrutar de esa mañana junto a su… ¿Papá?

Fue la primera palabra que había pronunciado aquella mañana. En ese instante tuvo conciencia de que estaba solo y que no recordaba la última vez que había visto a su padre. Notó algo raro dentro de él, un frío extraño y una respiración diferente que nunca había sentido. Estaba en el bosque, en un camino que no conocía y que, seguramente, estaba perdido… Se puso más nervioso.

No sabía qué hacer y su ansiedad crecía por momentos. Y fue entonces que creyó que jamás saldría del bosque, que tendría miedo por la noche y que… Una mano se posó sobre su hombro sobresaltándolo. Levantándose de un salto miro hacia arriba y descubrió la cara de su padre. Dos brazos fuertes lo levantaron y lo abrazaron contra el pecho. Comenzó a llorar.

Con los nervios de llegar al final del camino no había mirada atrás. Su padre lo seguía a distancia esperando que se diera cuenta, pero no lo hizo.

Lo tranquilizó y continuaron el camino. Daniel parecía no querer seguir, pero su padre le dijo que era ahora cuando iba a enseñarle ese “algo” importante. Y así le enseño qué era una brújula, cómo funcionaba, cómo podía guiarse por el sol. Comieron junto a un pequeño riachuelo que corría cerca del camino. Aprendió el nombre de algunos árboles y tomaron fotos de algunos animales, plantas y piedras.

Al final del camino llegaron a un mirador precioso y a la vuelta, cuando caía el sol y empezaba la noche, pudieron probar sus linternas de cabeza y escuchar el sonido del búho. Pero sobre todo, lo que aprendió ese día, es a levantar la mirada del suelo, ver lo que le rodeaba, aprender muchas cosas nuevas y a ver a su padre como algo más que “papá”.

© 27 Infinitos

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