Todos nosotros hemos tenido un sueño que se ha hecho realidad, pero no a todos se les hace una realidad sueño o se transforma en él. Este texto es posible que sea algo que he vivido, que he soñado que vivía o ambas cosas a la vez. En ocasiones, cuando uno escribe, es difícil saberlo.

Lo único que sé es que está escrito, esta narrado y es posible que haya sido una parte de mi camino… o no. Para vosotros.

 

LA DAMA EVANESCENTE

 

El agua discurría por las piedras de la calle mientras el operario de la limpieza dirigía la manguera hacia donde ella venía. Se detuvo un momento a verla bajando el chorro. Las suelas de sus zapatos se mojaban con el agua de aquel improvisado río y los tacones parecían dirigir el paso como un timón de un barco en el mar. Las farolas, con una suave luz blanca, rebotaban su imagen en el agua y la hacían brillar en puntos dispersos, como las estrellas vistas desde la proa. Podían adivinarse en el suelo la osa mayor, Venus… y más.

Pasó junto al operario esbozando una sonrisa. Este volvió a su trabajo recogiendo su sonrisa y sus labios le contestaron con otra, que quedó grabada hasta que terminó su turno al día siguiente.

Dobló la esquina a la izquierda, camino del puente. Un joven miraba el agua casi como bebiéndola, sujetando con fuerza la barandilla de hierro. Se detuvo a su lado mirándolo tranquila. Él noto su presencia y la vio extrañado, incómodo, como se mira a alguien que no tiene nada que hacer allí. En el mismo instante en que sus labios modulaban un “¿qué pas…?”, ella se acercó sujetando su cadera y espalda y lo besó con una pasión que él jamás había sentido.

Noto cómo su lengua, con sabor a barra de labios se hundía en la suya. Vio sus ojos que se clavaban en los suyos con deseo. Noto el calor de sus muslos y su cadera pegada a su sexo. Se excitó. Así estuvieron diez minutos en el que el solo podía sentir su calor, el sabor a fruta de su maquillaje, que se quedó grabado en su cabeza. Ella se separó, lo miró sin pestañear, lo asió por el brazo y él se dejo llevar hasta el final del puente. Se pararon.

Ella se acercó a su oído susurrando: eso nunca lo pienses. Si ya no está es que no tenía que estar. Lo volvió a besar con ardor y terminó con un suave roce de los labios. Se fue despidiéndose con otra sonrisa y un ademán. El joven miró el puente, el agua, guardó aquella sonrisa en el corazón y su sabor en los labios, levantó un poco el cuello del traje, por la brisa, las manos en los bolsillos y se dirigió a su casa a empezar de cero, renovado.

Quedaba poco para llegar a su casa.

La luz de la noche se aclaraba con la llegada de un nuevo día. Al fondo de la ciudad se miraban las primeras luces entre blancas y amarillas. Entró en una cafetería para tomarse un café. El dueño del pequeño local, el de siempre, la recibió con cariño, con ese “buenos días” que te reconforta como un padre cuando eres niño, con una caricia fuerte y delicada y con un “me alegro de verte” que te hace sentir que es cierto lo que dice y que no se dirige a nadie más que a ti. Se sentó en la barra, como acostumbraba, tomó el café con un poco de espuma, caliente y cálido como el bar y se dejó llevar por la música de jazz que sonaba por el altavoz, algo que era único por aquellos lares, zona de trabajadores curtidos y personas sencillas; pero era lo que le gustaba al dueño.

Terminó sin prisas y se levantó. Dejó la moneda en la barra. Él siempre la rehusaba, pero ella la dejaba igual. Como propina, decía ella entonces. Él salía por detrás de la barra, con todo su enorme cuerpo, la rodeaba con sus brazos y la abrazaba con cariño. Ella se dejaba mecer en sus brazos y soñaba que giraba en un tiovivo o bailaba con su padre cuando era niña o cuando escuchaba las olas en la orilla. Así hasta que los despertaba de ese sueño mutuo el primer cliente que entraba. Se miraban, se sonreían y, con una hasta mañana, ella salía de aquel mundo de olor a café, música y paz, mientras escuchaba al que entraba decir: que suerte tener una hija así. Él dueño del bar volvía a su trabajo, sin prisas y feliz, sonriendo sin contestar al cliente porque a nadie le interesaba saber que su hija había muerto hace tiempo y porque no tenía que decir nada.

La avenida por la que caminaba era preciosa. Seguía andando sin pausa, notando como los rayos del día la alcanzaban, rozaban su piel, y le susurraban. ¿Por qué lo haces? Cada vez más luz mientras ella se iba desvaneciendo, transparentando. “El mundo está falto de amor y de cariño, de ternura y de alguien que mire de verdad” contestaba, hasta que desaparecía cuando el sol emergía con toda su fuerza, sabiendo que la noche la esperaba para un nuevo paseo.

Yo sé que existe porque también me miró a los ojos y volví a vivir.

© 27 Infinitos

Un comentario en “La dama evanescente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s