¿Y si una tarde de lluvia entráramos en un local, un café, y nuestra vida cambiara para siempre? Seguro que muchos de nosotros hemos pensado, alguna vez, que un cambio esencial puede estar a la vuelta de la esquina; puede depender de levantarnos más tarde o demasiado temprano; de escoger caminar hacia nuestro destino, como lo hacemos todos los días, o tomar el autobús o un taxi; de una casualidad, de lo inesperado.

 

Sólo quería tomar un café

 

No tengo paraguas y empieza a caer una tromba de agua entre espectacular, puñetera e histórica y por eso, y porque no quiero mojarme más de lo necesario, abro la puerta de una cafetería, la  primera que encuentro. Estoy seguro de que mis pies pisan por primera vez su suelo.

Mi mirada se dirige hacia una mesa vacía junto a una ventana, que da a una pequeña plaza. Me siento, dejando la libreta y el bolígrafo sobre la madera limpia, suave y despejada. Me sacudo algunas gotas del jersey y, respirando profundo, dejo que mi espalda se apoye y descanse sobre el respaldo de la silla.

La lluvia golpea en el cristal, estrellándose. Deja trazos como lo hace el pincel sobre un lienzo, cayendo como rastros más o menos largos. Gota tras gota, pincelada tras pincelada.

En ese instante alguien pregunta qué quiero tomar. Respondo que un café muy caliente, sin mirar a quien me habla.

¿Sólo?

— No, con leche — aclaro.

De pronto todo cambia. Un aroma, un perfume me envuelve y me atrapa. Eriza mi piel haciéndome girar al instante. Tomo conciencia del espacio. Mesas dispuestas en un ligero desorden ordenado, con personas a su alrededor en actitudes distintas, gestos diferentes, conversaciones variadas. ¿Quién era? ¿Dónde está? La luz tenue, muy agradable. Escucho música de fondo, soul y jazz del de antes, el más clásico.

Sigo buscando y me doy cuenta de que tengo una forma estúpida de estar, buscar y ver. Hay un calor muy agradable que proviene de la calefacción que irradia de una estufa de leña que hay en una esquina, y que, de cuando en cuando, intuyo que alimenta uno de los empleados.

Han mantenido el suelo antiguo de baldosa y la barra tiene ese aire clásico que le da más personalidad al local. Fotos de músicos de jazz, de calles americanas y otras que parecen más conceptuales. Veo que también tienen un mueble con estanterías y libros que se pueden tomar y leer mientras disfrutas de la consumición. Me gusta donde estoy. La lluvia sigue afuera y parece quebrar, con sus formas, el cristal.

De nuevo ese aroma llega a mí. Eriza mi piel, haciendo que me quede como una estatua.

— Aquí tiene su café.

Otra vez no. Silencio no.

— ¿Puedo preguntarte algo?

Sus pasos se detienen y se gira. Me vuelvo hacia ella. El olor del café es increíble. La plaza sencilla, pero con estilo, una cestita con unas servilletas y otra con unas galletitas muy apetitosa.

— No puedo evitar decirlo, me encanta el aroma.

— Gracias, lo preparo yo misma, moliendo cada grano.

— No me refiero al café, que también, me refiero a tu perfume. No soy capaz de hacer nada más que sentirlo al notarlo cerca. Nunca me había pasado. Perdona si soy directo, pero no me sale explicarlo de otra manera.

 — No te preocupes. Gracias.

Se marcha y veo cómo se aleja hasta meterse tras la barra. Me mira y sonríe. Me siento un poco estúpido y me centro en el café. La espuma con forma de corazón es simpática. Se ha puesto de moda hace tiempo el hacerlo. Un poco de azúcar, remuevo y tomo el primer sorbo. El mejor que tomado en toda mi vida. Está perfecto. Vale, las galletitas me atraen demasiado y las pruebo. No puedo dejar de tomarlas. Riquísimas.

Estoy muy a gusto, aunque tengo la sensación de que ella debe pensar que mi respuesta puede ser la de un perturbado.

— No serás un perturbado, ¿no?

Ella de nuevo. No puede ser. Se ha sentado en mi mesa, frente a mí.

— ¿Lo eres?

— No, sólo que… No sé qué tiene tu perfume que me pone nervioso.

— ¿Cómo de nervioso?

— Vale, no te rías. Me eriza la piel. Me gusta y me bloquea.

— Tú no estás muy bien.

— Te lo enseño.

Me quito el jersey y ella puede ver claramente la piel de gallina y el vello erizado.

— Esto sí que no lo había visto antes. Me voy.

Y se va sin decir nada más. No sé qué pensar. Lo mejor va a ser que acabe de tomar el café y me marche. Me siento un poco ridículo. Cuando pasa otro camarero le pido que me cobre. Pago y me pongo bien la manga del jersey. Llueve aún, pero será mejor irse. Ella aparece de nuevo a mi lado, justo cuando voy a salir por la puerta.

— ¿Ya te vas?

— ¿No te gusta café?

— Me encanta el café que preparas.

— Pero no lo has acabado.

 — Lo siento. No dejo de verme ridículo y diciendo tonterías. No sé qué me pasa. Bueno, sí lo sé, pero no puedo controlarlo.

— ¿Qué es?

— Tú.

Sonríe suave y dulce.

 — Es decir, te gusta mi perfume, mi café, las galletas que preparo, te erizo la piel…, y te vas.

 — Dicho así, cometería una tontería si me fuera.

— Mira, no quiero que te vayas así. Si te marchas, que sea porque tienes que hacerlo, no por incomodidad. Siéntate, por favor y volvamos a empezar de nuevo.

Lo hago. Ella recoge la taza y las galletitas. Todo queda como al principio. La lluvia sigue con su arte efímero en el cristal mientras ella vuelve tras la barra. Tomo la libreta y escribo algunas notas. De nuevo su aroma. No puede evitar cerrar los ojos un instante e inspirar un poco más profundo para notarlo.

 — Disculpa, ¿me puedo sentar?

Delante de mí, sin bandeja. Ella está sentada, hablando.

 — Me gustaría, ¿pero no te dirá nada el jefe o la jefa?

 — Lo dudo, el local es mío.

 —Eres una caja de sorpresas.

Llega el camarero de antes y deja dos cafés con la espuma en forma de corazón, junto con las cestitas de servilletas y galletas.

— Las hago cada día. ¿Te gustan?

— Las mejores que probado en mi vida.

— ¿Y el café?

Increíble.

— Háblame de ti. Me gustaría conocerte.

— ¿Por qué?

 — Porque cuando entraste por la puerta con aire distraído y me acerqué a tomarte el pedido, sentí tu olor y no era capaz de moverme. Se erizó mi piel y mi cuerpo casi se bloquea.

— Te estás quedando conmigo. Te estás riendo de mí.

Se quita el jersey fino que lleva puesto y me muestra su vello erizado y la piel de gallina. Deja caer su mano sobre la mía, apoyada en la mesa. Me gusta la sensación cálida de su tacto. Le hablo.

— Tenemos mucho de qué hablar para conocernos — le digo mirándola a los ojos.

— Hay café de sobra y fuera llueve demasiado.

— Si escampa no creo que quiera irme.

— No creo que te dejara hacerlo.

El aroma del café nos envuelve. Su olor, su aroma, me atrapa.

© 27 Infinitos

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