A la hora de escribir, la inspiración la podemos encontrar en lo más solemne y, en más ocasiones de las que pensamos, en lo más nimio y cotidiano. Otra de esas fuentes suelen ser aquellas personas que que están cerca, para lo bueno y para lo malo, a las que amamos, en las que no reparamos más que un segundo o que son parte de nuestro día a día cotidiano y rutinario.

Al final, lo importante no es quién nos inspira, si no cómo tomamos aquello que nos inspira y lo transformamos en una historia que contar o en un elemento de la propia historia. Aquí os dejo una, muy sencilla, inspirada en alguien que es parte de mi vida diaria, parte de mí, de lo que amo y que me inspira para ser mejor escritor.

El  amanecer imaginado

 

Alejandro se despertó antes del amanecer y, asomado a la ventana, esperó los primeros rayos de luz. No vio lo que esperaba.

Una linterna encendida salió al alba y, subiendo lentamente, iluminó el mundo. Las gotas de rocío se evaporaron en lenguas de humo que, oliendo a café, se elevaban hacia el cielo azul de acuarela. Las nubes, rebanadas de pan de molde sin corteza, se movían con formas de pulpo, pez, vacas, ovejas y el señor conejo y el burro pancho…, alguna con forma de elefante también. A veces chocaban las nubes y se hablaban con el idioma del animal que eran y Alejandro, al escucharlo, se reía como cuando le mordemos el cuello.

Mirando hacia abajo, vio montañas de chocolate y los ríos que las atravesaban eran de leche condesada. Los árboles eran troncos de churros, ramas de canela y hojas de menta. Las regalices, que salían de la tierra, que era de polvo de Nocilla, se movían con el vaivén del aire y traían aromas de manzana, fresa y cola.

Hubo un momento en que un nubarrón de pan provocó una lluvia de gominolas que, cayendo suaves, acariciaban la cara de Alejandro y le dejaban besos de naranja, kiwi, limón y frambuesa.

Algunas hormigas comenzaron a bailar la danza del amanecer, mientras daban los buenos días. Los campos, preñados de churros, se movían suaves y una manada de vacas lecheras se los comían, no sin antes mojarlos en su propia leche.

Así, el amanecer fue iluminando todo.

Alejandro bostezó. Aun era temprano, y al abrir los ojos estaba en su cuna y con hambre. Sorprendido, gimió y comenzó a quejarse para que le dieran el biberón y unas pocas nubes para desayunar.

© 27 Infinitos

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