La caída de la hoja sobre la hierba resonó con una fuerza melódica en el oído del maestro, quien meditaba a la vera del río. Concentrado, la mañana había pasado con calma. El sonido del fluir del río ayudaba a abstraerse de toda tensión, provocando, junto con la respiración controlada y el recorrido del punto de luz por todo su cuerpo, una completa relajación física y mental.

No pensar, dejar fluir todo pensamiento sin detenerse en ninguno, sea bueno o menos bueno – no hay pensamientos malos -.

Una vez que todo lo consciente fluye, la parte inconsciente también fluye. Cuando fluyen las dos, es la parte sensible y sensitiva la que aparece con más fuerza.

El cuerpo se convierte en una especie de receptor y transmisor de energía. Cuanta más concentración y relajación, más energía y percepción del entorno desarrolla.

Pero para el maestro nada de esto tenía importancia, ya que el desprendimiento de sí mismo era parte de la finalidad de la meditación. Lo importante era entrar en comunicación consigo mismo y con la naturaleza, con la tierra, con la energía misma. El desprendimiento y consciencia de lo vivido hasta ese momento como inicio para llegar a un estado diferente, más íntimo, desde el que poder llegar al conocimiento y comenzar un nuevo aprendizaje vital.

El sonido de la caía de la hoja lo llevó a otro estado más terrenal. Todo se paró. La concentración, la relajación, el fluir, se combinaron en un aspecto menos inconsciente.

Se levantó lentamente, inhalando el olor de la hierba ligeramente humeda, saboreando el frescor húmedo del agua del río. Notaba en sus pies lo mullido de la tierra y el viento movía ligeramente su ropa, su pelo, su ropa… La naturaleza lo recibía y, en correspondencia, él se entregaba a ella.

Lo que sucedió a continuación no era lo buscado. Los músculos se tensionaron relajadamente, el control de su cuerpo era absoluto junto con la respiración. Desenvaino la espada esperando, tras notar la presencia de otro ser cerca suya.

Cuando llegó el momento, abrió los ojos. Nunca deseaba tomar de nuevo la espada, jamás lo buscaba, pero el resto de los hombres se empeñaban en encontrar lo que él nunca deseo: gloria.

Antes siquiera de que se acercara sabía que el retador estaba muerto. La razón principal era que él conocía que podía morir pero no tenía miedo, ya que había vivido su vida plenamente, como había deseado. Sólo deseaba una muerte honorable.

Uno, dos, tres movimientos, al cuarto hundió su espada en su cuerpo de tal manera que su atacante murió casi al instante. Siempre lo hacía así. La muerte no debía de ser sinónimo de sufrimiento. Lavó la sangre todo lo que pudo, sobre todo la del rostro. Colocó su cuerpo de forma honrosa para cuando lo hallaran, encendiendo un fuego para que las alimañas no se acercaran. Deposito flores a sus pies, encendió incienso para los espíritus, rezo unas oraciones por su alma hasta la llegada de alguien.

Al aparecer un familiar lo esperó. Se arrodilló ante él en señal de dolor por haberlo matado, lo que sorprendía al que se acercaba. Tras una disculpa, desde lo más profundo de su alma, se erguía y con paso tranquilo, abandonaba el lugar.

Nada tenía salvo a sí mismo, nada deseaba más que su camino en paz.

© 27 Infinitos

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