El teatro tiene algo especial, algo que me enamora. Durante el tiempo que dura la función, los actores tienen la capacidad de hacer que aquello que están representando se convierta en algo real a nuestros ojos. Por eso el teatro transmite tantos sentimientos y es tan cercano.

Por eso me encanta escribir textos teatrales propios o en colaboración. Este texto, que a continuación comparto con vosotros, esta basado en cómo, poco a poco, una persona va olvidando detalles de su vida cotidiana, sus recuerdos, hasta no recordar quién es.

El olvido

(Escena I)

Mamá está sentada en el sillón. Mira la televisión. Bueno, en realidad no la mira. Solo está. Tiene la vista perdida en la pantalla mientras está de lado y mira. La rodea una total oscuridad ya que sólo una luz suave y cenital la ilumina, junto con la poca claridad de las imágenes del programa que “ve”.

Parece absorta en lo que mira cuando, de repente, gira la cabeza hacia vosotros, el público, y se sobresalta levemente. Observa, achica los ojos, sonríe. Habla.

 – Mamá: ¡Juan!, Ven rápido. Hay mucha gente aquí. Me miran y ya sabes que no me gusta. Quieren algo de mí. ¡Por favor! Ven.

–  Juan: Mamá, no empieces otra vez. Es la gente que sale por televisión. Venga, que dentro de un rato ya voy para hacerte compañía.

 – Mama: No, no, ven. Ya verás. Que te lo digo en serio. Que hay gente sentada en unas butacas y me miran. Pero parecen simpáticos. Pero que muy simpáticos. Hola.

Mamá os saluda tímidamente, como una niña. Tiene el rostro alegre, risueño. La verdad, es un cielo. Todavía no voy a aparecer porque me importa que ella continúe en escena un poco más.

 – Juan: Mamá (silencio). Mamá (silencio). ¡Mamá! ¿Me escuchas?

 – Mamá: ¿Quién está ahí? ¿Quién me habla? Llamaré a la policía. ¡Socorro, un ladrón!

Ahora entro sólo un momento para aclarar la situación y que se tranquilice un poco, como siempre. La luz aumenta mínimamente, de manera general, pero sigue siendo tenue, dulce, delicada, como mi madre.

 – Juan: A ver, qué pasa. ¿Por qué gritas? Ya vengo ahora. Tranquila.

 – Mamá: Luis, hay un ladrón en casa, lo he escuchado. Me llamaba mamá, como tú, para despistarme, pero no le he hecho caso. ¿Lo he hecho bien? Menos mal que estabas en casa, por eso se fue. Lo asustaste y se fue, eso. No me dejes sola. ¿Vale?

 – Juan: Está bien mamá. Venga, descansa, que vuelvo dentro de un momento. Y me llamo Juan. ¿Te acuerdas?

 – Mamá: ¡Hay! Sí, perdona. Esta cabecita mía… No puedo estar en todo. Si tengo que atender toda la casa, no puedo. No puedo hacer mil cosas a la vez. Perdona hijo. Tú ya sabes. Lo siento.

 – Juan: Claro mamá. Mira, porqué no te sientas y descansas un poco. Te vendrá bien descansar después de haber arreglado toda la casa. Y para que veas lo que te quiero, hoy voy a hacer yo la comida. ¿Me dejas?

 – Mamá: Bueno cariño, pero solo por hoy. La verdad es que estoy muy cansada. Me duele todo. Oye, no vuelvas a dejar la tele encendida si no la estás viendo. Venga, vete. Hazme algo rico, tú ya sabes.

 – Juan: De acuerdo, relájate y mira el programa.

Después de darle un beso cariñoso en la frente se sienta y vuelve a adoptar la misma aptitud del principio. Pero al momento os vuelve a mirar, observándoos tranquilamente y mirando de vez en cuando hacia el lado por el que me he ido, por si aparezco. Mientras hablo, de cuando en cuando, saluda como una niña que juega en el parque y os reconoce en la distancia. Aparezco, pero lo hago en un lado, sentado en el borde del escenario, con una cenital un poco más fuerte.

 – Juan: No siempre fue así. Ahora la ven así, acabada. Pero no es como me hubiera gustado que la conociesen. Era la persona con más carácter que he conocido y a la vez la más tierna. Era el centro de la casa. Todo giraba en torno suya, lo controlaba. Estaba llena de vida. Siempre rebosó juventud. La verdad, es que no creo que hubiera muchas mujeres, con su edad, como ella.

Hace poco, arreglando su habitación encontré varios diarios. Le encantaba escribir todo lo que pensaba, hacía o decía en ellos. Tenía una memoria increíble para las conversaciones. Me sorprendió que tuviera escritas algunas de las que ya no me acordaba. Ahora ya no se acuerda de nada, o casi.

Pues lo que les decía. Encontré sus diarios y los leí. Ya sé que son privados pero, ahora, creo que no recordaría, siquiera, que los hubiera escrito.

Me gustaría leerles lo que está escrito si me dejan, (pequeña pausa) pero llevaría mucho tiempo. Lo mejor es que nos dejen contarlo a nuestra manera. ¡Verdad mamá!

 – Mamá: Sí cielo, sí. Arturo, para mí poco hecho o muy cocido. Ya sabes. Y la limonada con un  poquito de azúcar, para que sepa dulce, como tu madre.

 – Juan: Juan, mamá.

 – Mamá: Es verdad. Perdona. Esta cabecita mía…

Juan: Pobrecita. Se ríe como una niña. Dan ganas de abrazarla. Pero no le gustaría porque cree tener, aunque no se entera, el mismo carácter de cuando estaba bien.

Mamá desaparece para colocarse en escena, antes de que comience el pequeño monólogo que interpretará para vosotros.

 – Juan: Perdonen, no se lo he dicho. Soy hijo único y no tengo padre. Bueno, sí lo tengo pero se fue antes de que pudiera reconocerlo.

Mi madre siempre me quiso. Desde que nací, fui el ser que más amó sobre la tierra. Yo, quizás, no soy como ella, pero la quiero a mi manera. Sé que me quiere así porque lo dejó escrito tal y como me lo dijo al nacer.

La luz cenital desaparece y la general se enciende. Hay una cuna en el centro del escenario. La tele y el sillón están retirados a un lado, pero colocados. Es como si la cuna formara parte del cuarto donde están estos. Ella está situada detrás de la cuna, frente al público. Habla para el niño que, supuestamente, está dormido y es el fruto de su vientre. Es obvio que está vestida de una manera diferente.

 – Mamá: Ya estás aquí. Pensé que no te vería nunca. Duermes. ¿Sabes lo que significa tu presencia en mi vida? Nadie podrá llenarme de la manera que tú lo vas a hacer. Sé que reñiremos, discutiremos y más, pero te querré hasta morirme. Lo sé desde que era tan pequeña, como tú, desde que conocí a tu padre, desde que me acosté con él la noche de bodas, desde que supe que   habías llegado a mi vientre. Desde ese día no hubo más mundo que tú. Mi cuerpo, la casa, el aire que respiraba se lleno de ti. Tu padre pensó que era por él y yo le dejé que lo creyera.

Nos quisimos mucho, antes de que se fuera y nos dejara. No se lo reprocho. Creo que se dio cuenta de que, estuviera él o no, no llegaría a sentir ese amor que me encoge el pecho cuando tu manita agarra la mía o cuando chupas mi pezón para tomar la leche. Es un vínculo indescriptiblemente hermoso donde el amor corre a borbotones. Es una comunicación sin palabras entre dos amantes que jamás se han besado por miedo a romper la pasión que los envuelve y, el día que lo hacen, se dan cuenta de que la pasión no se ha ido, si no que se transforma en amor o vida misma, saboreando los besos y reconociendo, incluso, el olor de su piel. Así te amo yo, tesoro.

Si llegas a leer esto alguna vez, que lo escribiré en mi diario, seguro que te reirás de tu madre, pero también la querrás. Pero escucha. Cuando ríen esos labios sin dientecitos, contorsionando todo el cuerpo, con los ojos grandotes y buscando el cielo con las manos, hay algo en mí, en mi vientre, que se emociona. Sube un cosquilleo por la espalda, como una alegría interior, que te bebe con la mirada y desea que no crezcas, solo para ver tu risa. Cuando lloras o estás malito, algo en mi vida se va porque, si hay algo que no soporto, es tu sufrimiento, que me desgarra por dentro como a una loba a la que un pastor matara su único lobezno.

Eres mi territorio y lo defenderé a dentelladas de quien te pueda dañar. Y todo ello sin que tú  lo sepas, porque tu vida es tuya y no quiero entrometerme más de lo necesario. Ese es el amor que quiero darte. Ese amor de madre que te protege, el de la amante que busca el beso de tus labios para sentir que la quieres aunque pasen los años y envejezca y el amor de la amiga, que busca una caricia como un consuelo y solo quedas tú para dársela. Tú, a quien jamás había pidió ayuda hasta ese día.

Duerme, mi niño. Ten felices sueños. Que la luna te abrace y te recoja en su regazo.

© 27 Infinitos

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