Contar una historia, un hecho, real o imaginario, no tiene porque asociarse a páginas y páginas y páginas de, en muchas ocasiones, nada y demasiado relleno. Lo importante es transmitir con lo escrito, aunque sea breve.

A mí me gusta escribir textos cortos y despertar la imaginación, contar y dejar volar un poco las sensaciones y emociones, que no es lo mismo que dejar abiertos mil frentes, ya sea de personajes, historia, etc. Creo que es bueno que quien lee pueda, de alguna manera, completar aquello que no se dice o se describe no de manera completa, haciendo que sea parte de la historia también.

Este texto, escrito hace bastante tiempo, me trae muchos recuerdos buenos, aunque pueda parecer lo contrario. El por qué me lo callo. Sólo espero que os haga sentir al leerlo. No todo va a ser teoría.

Abrazos a todos.

 

YINOSURA

De pie, Yinosura dejaba que el viento, mezclado con el rocío de de la mañana, surcara su cara, se enmarañara en su pelo, jugando. No lo notaba apenas. El sol asomaba tras las montañas y notó los primeros y cálidos rayos de sol. Erizó sus poros por el contrate.

El kimono cómodo, para que el movimiento no molestara, para que no impidiera ni detuviera nada. Lo ojos cerrados. Tranquila. Sólo esperaba paciente. Desenvainó la catana lentamente. Era un trabajo de Hiro Nakamura, el único que podía haberla forjado. Una prolongación de su mano, de su alma.

Se guió por el sonido de las ramas acompasadas, el ritmo de la pequeña corriente de agua que corría cerca de la casa, el crepitar del fuego de la madera en el hogar. Todo de unió en una sola melodía. Comenzó la danza. Él apareció. Abrió los ojos para iniciarla.

Los pasos, movimientos, gestos, ayes, se sucedían sin tregua, sin prisa… Años de preparación convirtieron en algo natural, casi genético, lo aprendido con entrenamiento, dolor, miedo y práctica.

La vida y la muerte tenían el mismo significado: Dejar que fluya hasta que se acabe. Nada más.

Al terminar, un ligero sudor se apreciaba en la piel de Yinosura. Algunas gotas se perdieron en su pecho, bajo el kimono.

La última vez que la vi fue en ese momento, al limpiar la sangre mientras envainaba su catana. Recuerdo que nunca había amado a nadie tanto. Nunca jamás luchó como ese día. Jamás la muerte me pareció tan bella.

Yinosura, mi amor, morir bajo tu mano y por tu catana merece la pena. Sabía que este día llegaría, pero no deseaba que fuera tan pronto.

Al cerrar los ojos, noté tu caricia en mi cara, su calor. Sonreí. Era una muerte honorable y tu amor, el calor de tu piel, me reconfortó. Viajaría conmigo junto a mis ancestros.

Yinosura volvió a la casa entre lágrimas.

© 27 Infinitos

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