La ideas, la inspiración, puede venir en cualquier momento y es bueno pararse a escribir, tomar notas, dejando que le flujo creativo actúe de manera natural. Al final siempre hay un resultado, que se plasma en un texto, ya sea una letra para una canción, un poema, una narración o, como en este caso, un pequeño cuento.

El indicar la fecha y la hora, algo que hago siempre, es porque, si volvemos a él, recordamos el momento y las circunstancias en que fue escrito y eso es algo bueno, porque despierta en ti las mismas o nuevas emociones y hace que nos demos cuenta del paso del tiempo, con todo lo bueno que ello implica.

 

EL HACEDOR DE SUEÑOS

(30/06/2008, 13:54)

El Hacedor de sueños llegó muy temprano. Un día de verano, cuando todos duermen aun y la claridad entre deja ver casi todo.

Tranquilo, como el tiempo, con ritmo, colocó el extraño artefacto en mitad de la Plaza Mayor, para que lo vieran bien. Con su aspecto bonachón, su risa sincera, su mirada escrutadora y limpia, se afanaba para que todo estuviera a punto.

Un cable pelado por aquí, una tuerca sujeta por un alambre, una pila sin lado negativo, un globo que hinchaba y deshinchaba, una lata vacía, un motor de juguete, el fuelle de un acordeón, un embudo y otros cachivaches inimaginables, formaban una especie de caja, carro, con ruedas, que perfumaba el aire con el aroma que tu preferías. Parecía más un cajón desastre que una “máquina”. La parte más importante, del imposible entramado del “pieza-cosas”, era una especie de salida dorada para cartas o tarjetas, según la importancia que fuera el sueño.

Todo estaba en su sitio… perdón, faltaba el cartel. Tenía letras muy grandes y de muchos colores, cargado de dibujos hasta lo más horripilante de lo risible. Lo colocó en lo alto de… “aquello”: “HACEDOR DE SUEÑOS”, y en pequeño: “Un sueño por persona, niño, animal o cosa, gratis. Único día HOY”.

Cuando todo estuvo dispuesto, cuando incidía el calor de los rayos de sol en la plaza y las sombras se difuminaban, todo comenzó.

Espero a oír algún paso lejano para anunciar su presencia. Fue atronador el sonido. Una especie de pitido, bocinazo, mezclado con trompetas y más cosas que, tras un segundo de chirrido en tus oídos, se transformaba en una dulce melodía. Lo que hacía que quisieras buscar de dónde rayos había salido esa… ¿melodía?

Los primeros en llegar fueron los transportistas, trabajadores que, al verlo con tamaña planta, sonreían. Se acercó uno y, después de leer el cartel, preguntó.

– Así que haces realidad los sueños.

– No. Hago sueños que luego sueñas por la noche o cuando duermes.

– ¡Ah! ¿Y funciona, viejo?

– Hasta ahora nadie ha reclamado (sonrió).

– Eso no sé si es bueno o malo.

– Tendrás que pedir un sueño entonces.

Quien preguntaba, al final pedía el sueño. Era el primero, el más reticente y el que atraía a los demás. Entonces hacía funcionar la “máquina” según el sueño. Subía o bajaba una palanca, tiraba de otra, echaba agua de colonia o chuches u otra cosa por el embudo… Nadie entendía el mecanismo porque era diferente para cada uno. Al final salía, por esa especie de buzón, un sobre, una tarjeta de color… según el sueño pedido.

Así, poco a poco, pasaba el día, el bullicio y por extensión, el trabajo aumentaba.

Sobres, tarjetas, incluso mensajes lacrados, que escondían sueños que vivir con los ojos cerrados: una muñeca que quería ser de carne y hueso, una historia de bucaneros, un amor de infancia, ser ricos (los más) – nunca entendía lo que querían decir con eso e improvisaba – , un banquete siendo el principal comensal, un hueso de mamut – este fue el sueño de un perro -, encestar en el último segundo y disfrutar de la gloria, visitar un museo imposible de conocer, ser un artista y el centro de las miradas, erotismo, volver a vivir la juventud, conocer la vejez antes de tiempo… tantos sueños como personas.

Tarjetas, colores y el viejo sin descanso. Bueno, alguno se daba para tomar un café o un agua y, a la hora de comer, una tortilla de patatas que degustaba invitado por el dueño de algún bar o por los que hacían cola. Buena gente.

El día pasaba suave, dejando que la tarde la sustituyera. Demasiado calor. Ahora no había casi nadie. Hasta el final de la tarde no vendrían muchos, pensaba. Podría descansar un poco.

Aun así, sonrío al ver a aquel joven que lo miraba un poco tímido. Llevaba parte del día allí. Lo había observado. Sabía que vendría, era cuestión de esperar. El joven se fue acercando como quien no parece buscar nada y, a un metro, se da cuenta de que la… “máquina” estaba allí.

– Bonito…

– Cacharro, puedes decir. No tiene nombre.

– ¿Funciona?

– Prueba.

– ¿Para qué? Mi sueño lo tengo claro cada noche.

– Eso está bien. ¿Cómo se llama ella?

El muchacho enrojeció al momento. No supo que decir.

– ¡Vaya! No sabe que existes. En fin… puedes seguir soñando o hacer algo.

– No creo que ella quisiera…

– No te preocupes. Te haré un sueño-deseo, pero no lo debes abrir hasta mañana. Promételo.

– ¡Claro!

– Estos son especiales. Hoy solo he hecho dos contigo.

– Todo un honor.

– ¡Bah! Es un sueño que te puede cambiar la vida… o no. Según se duerma.

Salió un sobre pequeño, tamaño tarjeta, color hueso y rojo, con incrustaciones de piedras preciosas de colores, atado con un lazo lacrado.

– Diferente sí que es.

– Recuerda, hasta mañana no lo abras… y sueña.

– Gracias.

Se fue. La tarde pasó tranquila, con más gente pidiendo sueños a última hora, como él había pensado.

Cuando cayó la noche y los dueños de los comercios y locales cerraron, tras despedirse de ellos, las calles quedaron vacías. Descolgó el cartel, lo guardó. Miro el cielo plagado de estrellas y, con paso tranquilo, se fue como llegó, en silencio… aunque, de vez en cuando, se permitía silbar una melodía inventada.

Al amanecer, muchos se acercaron nuevamente a la plaza, marchándose entristecidos al ver que el hacedor de sueños ya no estaba.

El joven también estaba allí, con el sobre sin abrir. No había pegado ojo en toda la noche. Venía a devolver la tarjeta porque no había soñado y no le parecía justo tenerla. Había pensado en ella toda la noche: sus ojos, el pelo, la forma de su cara, las curvas de su cuerpo… casi podía tocarla. Pero no se hizo realidad, no estaba allí. Por eso se acercó a la plaza, para agradecerle el sueño.

Pensaba en todo esto cuando, mirando a su alrededor, se cruzó con otra mirada, la de ella. La mujer que amaba, con la que había soñado toda la noche, le miraba entre confusa y expectante. Entonces lo vio. Entre sus manos tenía un sobre idéntico al suyo. ¡Qué extraño!

Fue algo inconsciente. Ambos se acercaban entre la gente hasta quedar enfrentados. Se observaron sin pensar en qué o quiénes estaban alrededor. Abrieron cada uno su sobre, leyeron la tarjeta del interior. Ella pronunció el nombre de él y él el de ella. No sabían que decir. Leyeron la frase que había bajo el nombre.

– “Este sobre es para soñar dormido o despierto… y también para dar un paso hacia adelante en tu camino”.

Se vieron otra vez. Él se acercó, la rodeó con su brazo y ella se recostó contra su pecho. Se fueron con tranquilidad mientras ella descansaba la mano en su cintura. Sonreían

El calor empezaba a notarse.

© 27 Infinitos

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